Puno
En el Perú existen pocos lugares tan intensos
y mágicos como Puno. Más aún, hay pocos escenarios más fotogénicos que este
lugar que se viste de dorado y azul todos los días. Dorado de pampas y montañas
que adornan el Altiplano; azul como pocos, el de su cielo serrano que parece
competir con el añil de las aguas del gran Titicaca, su lago tutelar. A Puno no
hay que tenerle miedo; por el contrario, hay que lanzarse a descubrirlo dejando
de lado los prejuicios y tabúes que suelen acompañar a quienes escogen como
destino este lugar maravilloso situado a 3.800 msnm.
Es cierto que hay menos oxígeno a estas alturas, pero el sol brilla más que en
ningún otro lugar, la luz baña todo con más intensidad y la gente es tan alegre
y hospitalaria que pareciera que siempre hemos estado allí. El frío de las
noches puneñas es nada comparado con el calor de sus habitantes, especialmente
cuando se visten de mil colores y encarnan a los más alucinantes personajes en
una fiesta de bailes y música de cinco días de duración en homenaje a su
mamá candela, la reverenciada Virgen de la Candelaria, patrona de la
ciudad.
Pocas experiencias tan inolvidables como navegar por las aguas del gran lago y
recorrer sus islas, cada una con personalidad y tesoros propios: Uros, Taquile,
Amantaní, Anapia, Suasi y más. Pocos regalos a la vista tan memorables como
trasponer las montañas nevadas de las sierras de Carabaya o Macusani y
descender, zigzagueando entre los abruptos valles decorados por millares de
andenes, hacia las misteriosas selvas de Inambari, Tambopata y Candamo, los
refugios naturales mejor guardados de los Andes orientales.
No lo olvide, Puno es color y calor, diga quien lo diga. Una región bendecida
con decenas de templos coloniales que dejan boquiabiertos a los visitantes más
exigentes; cañones y bosques de piedra que parecen creaciones de artistas
contemporáneos; un folclor –traducido en danzas, vestidos y artesanías– sin
paralelo en el Perú entero; y vestigios de antiguas culturas desperdigados a los
cuatro vientos que los puneños de hoy empiezan a develar como esencia de su
identidad. La tierra del Titicaca, el sol y el azul lo está esperando.
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