Arequipa
Arequipa, es sencillamente sinónimo de
belleza: arquitectura prodigiosa, una exquisita gastronomía, y paisajes
sobrecogedores, el todo sumergido dentro de un clima excelente durante todo el
año. Recorrer la solemnidad de sus angostas y empedradas calles es encontrar un
pedazo de historia viva que invita a su descubrimiento.
Dos cosas cautivan a todo aquel que llega por primera vez a la ciudad de
Arequipa: una es la intensa blancura de sus casonas y templos, en especial
cuando el sol de la mañana estalla en su cielo azul; la otra es la vista perenne
de sus tres volcanes tutelares: el Misti, el Chachani y el Pichu Pichu, cumbres
nevadas que, a manera de guardianes, dominan la ciudad y su verde campiña.
Atraídos por la magia del valle del Colca o la aventura de recorrer el valle de
Cotahuasi, miles de viajeros llegan cada día hasta esta hermosa ciudad sureña.
Visitas obligadas son las del monasterio de Santa Catalina, o al antiguo molino
de Sabandía y la elegante mansión del Fundador, dominando la campiña desde donde
llegan los aromas a hortalizas frescas que la ciudad convierte en platos
incomparables. Arequipa es para caminarla, para sentarse en sus plazas a la
sombra de los jacarandás, para disfrutar de un pisco de Majes al atardecer, y
sobre todo, para conocer de cerca de su gente, emprendedora y hospitalaria como
pocas.
La ciudad de Arequipa cuenta con una oferta de servicios renovada y moderna, la
que permite disfrutar de sus muchos atractivos. Aquí es posible combinar las
visitas al convento de Santa Teresa o el museo de la Momia Juanita con paseos
nocturnos por sus buenos bares y restaurantes, bullentes de actividad. Y si de
comida se trata, pruebe los camarones y el rocoto en todas sus formas… no se
arrepentirá. Una recomendación final: disfrute del espectáculo de su plaza de
armas –repleta de parroquianos– iluminada al atardecer; la ciudad le regalará
una imagen que no olvidará.
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